"¿Y tú de quién eres?" (crónica de la vida rural)

12:53

Despiertas por golpe ralentizado en el colchón: tu cabeza se ha abierto paso a través de la almohada de pedazos de esponja como una verdadera escena bíblica.

13:00 (Taaaaaaan)

Cuatro mantas se quedan en poco a estas horas de la madrugada. Ya no hay gallos cacareantes, ni siquiera perros pulgosos, sólo las estridencias de cutres motocicletas conducidas por niños recién desamamantados. Niños de 14 años o quizá 14 siglos, que por herencia futura deben aprender a cuidar diariamente 5 hectáreas de alpacas, hierbajos y heces vacunas, y que en su casa les esperan otro tipo de vegetales que mantener.

El único punto cálido de la casa te atrapa como atrapa a los arácnidos encerrados en sus podridos troncos, y te planteas cómo la profesión de deshollinador no es la más más cotizada en aquellas tierras salmantinas. El hornazo, el tocino y las costillas que nunca combinarías con el café te esperan en la mesa del brasero, sin ningún sentimiento de culpabilidad, presuponiendo esa larga jornada de paseante en la que no sólo quemarás las grasas, sino que adelgazarás. Paseos por esos arenosos caminos rodeados de parcelas desde los que miradas equinas te escrutan como harían sus propios dueños, igual de extrañados por las visitas por placer.

15:00 (Taaaaaan)

Comienza la jornada, y comienza en el bar. Decides aprovechar el ser el niño de la familia y ser invitado a rondas pero nunca invitar. Con tus mejores galas, por supuesto, porque allí estarán media docena de primos-abuelos lejanos que decidirán sobre el parecido facial con tus progenitores y sobre si estás lo suficientemente nutrido. “¿Y tú de quién eres?” como máximo exponente del interés por tu persona, y sentirte un simple cúmulo de genes. Cuánta tentación de responder con el mote de tu familia seguido de “junior”. Qué fácil sería si todos se hablasen por sus motes.

Comer huevos más amarillos, lechuga más verde y salchichón más salchichón, y volver queriendo poner un huerto en tu balcón y cebar a tu conejo Wifly… Redescubrir los instintos básicos del hombre y dejar de ver a los animales como dibujos animados con ojos saltones. Achuchar a uno de esos perros que da infinitas vueltas a la plaza (allí todo bicho viviente pasea, no verás ni un michelín) y comprobar más tarde que vive bajo una bañera abandonada, se baña en la rivera lodosa, come cáscaras de mandarina y pasa el día descoyuntando gallinas.

Las tardes tranquilas, siendo instintivamente torturada (pero sin foco, que las bombillas tienen que durar lo que las camisas) para acceder a ir a la procesión a pesar de que mirar el plato en silencio y remover la sopa con compulsividad son síntomas fácilmente identificables como no entusiasmo y no apasionamiento. Que sí, que el cura es un buen hombre, por eso mantendremos el contacto en lo que a recibir aguinaldo y beber chocolate con pastas se refiere.

La noche de invierno, poco productiva. Alternando entre los dos bares, entre futbolines, entre música ambiente de hace seis veranos y el sonido del bisturí abriendo en canal del programa “El cirujano” mientras te sirven la tapa de oreja. Sí, la falta de competencia hace mucho daño.

Pero lo que más miedo da no es pedirle cambio al huraño del bar, ni que te acorralen en la cocina para endiñarte todos los recados del día, ni siquiera amenazar con un palo a un animal cornudo de 500 kilos, no, lo peor es encontrarte en la penumbra a la muñeca de metro y medio martirizada por generaciones y generaciones de niños despiadados. Esa muñeca que, aunque sea roñosa y siesa como la mejor pueblerina, tiene el extraordinario don de saber callar.


(Hasta aquí el paseo virtual por el pueblo materno -por suerte paseo con el significado madrileño-. Para más información, ver dorso de algún producto con denominación de origen)
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Un pensamiento en “"¿Y tú de quién eres?" (crónica de la vida rural)

  1. Ele S.G. dice:

    Me gusta el texto.

    Muy bueno el final con la muñeca.

    Sigue escribiendo!

    Por cierto, ya me había pasado antes por el blog, pero no sabía que era tuyo xD

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