Minutos de 70 segundos

Ya lo decía Julio Cortázar: “cuando te regalan un reloj, te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire”. Pocas cosas hay en el mundo que nos obsesionen tanto como el tiempo. El tiempo es una magnitud física que existe independientemente del ser humano. Pero el ser humano es quien, tras percibirlo, se obsceca en bautizarlo, moldearlo, acotarlo y elevarlo a culto social. En crear el segundo, el minuto, la hora y el día inspirado por el simple movimiento de translación y rotación del planeta. Y de ese modo, consigue acompasar el devenir de la humanidad al mismo tiempo que somete su mente de por vida a una frenética cuenta atrás numeral y con los siglos olvida que, como convención social, podría levantarse un día y decidir que los minutos durasen horas.

reloj

Todo empezó cuando, siglos atrás, un hombre creó un reloj atómico calibrado para emitir un “tic” cada 9,192,631,770 vibraciones del átomo de Cesio. Y así nació el segundo. Si el mismo tipo hubiese decidido restar unas miles de vibraciones a ese periodo de tiempo, los segundos serían más cortos y los años pasarían más rápido, y yo ahora tendría más de 30 años de los 120 que viviría. En el caso contrario, si los segundos hubiesen sido más largos, yo ahora iría por mis 7 años de vida. Es decir, mi cuerpo envejecería a la misma velocidad y yo tendría el mismo aspecto pero una edad diferente por capricho del susodicho inventor. De ahí lo absurdo que resulta afirmar que hay que emborracharse a los 20, casarse a los 30, tener hijos a los 40 y resignarse a los 60. Nuestra edad biológica es la que es porque no podemos evitar envejecer, pero el número que pongamos al lado es el que ahora mismo decidamos poner, como arbitrariamente lo hizo otro. Decide tú mismo cuál será el número que te constriña.

Por otro lado, el tiempo según el hombre dictamina que hay un pasado, un presente y un futuro. Pero el tiempo en realidad es inmediato. Materialmente sólo existe el presente. El tiempo pasado y futuro solo existe en nuestra mente obcecada en controlarlo todo, incluso la incontrolable cuarta dimensión. La nitidez de nuestros recuerdos nos hace creer que el pasado está patente y nuestra potente imaginación, que los sueños son factibles, pero lo cierto es que, a todos los efectos, ni lo uno ni lo otro existen. Dejaron de existir cuando dejaron de acontecer. Momentos vividos, buenos y malos, que evocamos enfermizamente para no acabar olvidándolos. No existen. Deseos, promesas, planes para la semana que viene o el minuto que viene. No existen. El ayer y el mañana sólo son alucinaciones inducidas por la peor de las drogas: la esperanza.

Una vez tras otra en nuestra vida condicionamos nuestro reloj fisiológico al reloj social cuando el único que existe es el primero. Deberíamos prestar atención al rugir del estómago, al bostezo, al erizado de la piel, al espasmo, al temblor o al empañamiento de los ojos en lugar de al desquiciante “tic-tac”.

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