Redes antisociales

No se si el problema está tanto en mi hipocondría hacia la tencnología absorbente o en que quienes increpan fervientemente mis quejas son realmente consicentes de encontrarse inmersos en la más autodestructiva droga del siglo XXI: la comunicación unilateral. Las redes sociales sirven para convencernos pidiendo la aprobación de los demás de lo buenos que somos. Cómo de sumida estoy yo en la vorágine del autobombo digital, no lo sé. Quizá lo bastante poco para advertir lo absurdo de una satisfacción fruto de una dimensión imaginaria de mí misma, y lo suficiente para haber preferido transcribir estos pensamientos en esa imaginaria dimensión antes que en un folio en blanco.

En mi opinión, nada destroza a uno mismo tanto como un ego sin límites que le haga creer que él es lo más importante en su vida. La vida solo cobra sentido cuando la libertad del otro no sólo no empieza donde la tuya acaba, sino que penetra sin piedad en la tuya y te hace ceder, doblegarte, renegar de tu ansiado libre albedrío para satisfacer el suyo. Eso es la vida adulta: vivir para el resto. Dejar de hacer lo que te apetece por matarte a trabajar por un hijo o por pasar la tarde consolando a un amigo. Antes este sacrificio era puro y desinteresado. Lo sentíamos y lo hacíamos.

Entonces llegaron las redes sociales o la manera de centralizar todos nuestros pensamientos y vivencias en una embellecida y pulida versión de nuestra persona (también conocido como “perfil”). Y empezamos a sacrificarnos por el resto superfluamente, como trámite para obtener una calurosa mención en Twitter, para revelar nuestra posición en Foursquare, para retrasmitirlo por Whatssap, para postear una foto en Instagram y en definitiva, para seguir fabricando el collage de nuestra personalidad virtual. Ya sólo nos importa mejorar en ese espejo pixelado que tenemos ante nosotros y al que nos asomamos durante horas. Fotografiamos, escribimos y enlazamos todo lo que, a nuestro juicio, complementa bien ese perfil que empezamos creando y que ahora nos crea a nosotros.

Empezamos a vivir para el resto para nosotros mismos. Una gran paradoja esta. De repente nos convertimos en un producto de nuestro propio narcisismo. Aparentemente no hemos cambiado nuestras costumbres. Bebemos de las mismas reuniones sociales y somos fieles a nuestros hobbies en la intimidad, pero ahora constatando de alguna binaria manera lo hecho. Ya sea una conversación con un amigo, una clase de baile, un partido de tenis, un párrafo de un libro leído, una anécdota en el trabajo… Nada tiene sentido si no es simultáneamente e inmediatamente archivado en Internet. Antes bastaba con hacerlo en nuestra memoria. Ahora necesitamos la aprobación del resto para demostrarnos a nosotros mismos que somos quienes creemos ser.

Y de esa cruda realidad nace mi miedo. De buscar la autorrealización personal en notificaciones parpadeantes sobre lo guapos, cariñosos y listos que somos.

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Un pensamiento en “Redes antisociales

  1. Marisé. dice:

    Me encanta Laura. Creo que tienes toda la razón.

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