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La amiga cadáver

Cada mañana en el metro, me cruzo con cientos de personas que no volveré a ver nunca. Así es Madrid. Nihilismo. Eso lo sabemos todos. El problema viene con esas personas conocidas, esas caras que se mantienen intactas desde el último adiós, esas que identificas en milésimas de segundos y que parecen ser cruzadas por una mano invisible una vez te han identificado. Esos exálguienes de mirada esquiva que no te regalan ni la media sonrisa del lunes.

El metro es una auténtica trampa para el subconsciente. No puedo evitar palidecer ante la indiferencia de quien me ha visto en pijama noventero, ha conocido todos mis complejos pubertos o me ha hecho sentir un poco más sensual que una tablero de contrachapado cuando realmente no lo era. Puede que las personas que encontramos es nuestra etapa de adultos sean estupendas, pero sus proposiciones nunca igualarán al primer “¿Quieres jugar?”, al primer “¿Quieres venir a una fiesta?” o a los miles de primeros “¿Quieres probar?”.

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Pienso más mientras no miro a mi vieja compañera del instituto. Ya no sólo pasa con las amistades de la infancia. ¿Quién no se ha encontrado de frente con un reciente olvidado y con su rostro cabizbajo, sin ojos en sus cuencas, sin voz, sin pasado, sin historia, al tiempo que nosotros mismos también nos transformábamos en amigos cadáver? Ambos simulando no conocer las miserias del otro y ser gente corriente de metro de Madrid. Acurrucándonos en nuestra peleadísima esquina de vagón.

Se me ocurren muchas razones para distanciarse de un amigo, de un novio, de un familiar, de un compañero, pero no para decirle HASTA NUNCA. Es un hecho que evolucionamos de maneras diferentes y a veces nos volvemos incompatibles con los que nos rodean, pero ¿por qué debe suponer un “si te he visto no me acuerdo”? La dejadez, el egoísmo y el rencor nos llevan a profesar una indiferencia inhumana hacia quienes un día nos importaron. Es doloroso pensar que las personas que hoy te llenan pueden llegar a negarte de ese modo.

Por eso espero que, por muchas vueltas que dé la vida, siempre podamos tomar un café a modo de tregua. Y si por desgracia, llegáis a convertiros en amigos cadáver de esos que no quieren saber absolutamente nada de mí mientras siguen apareciendo en medio centenar de fotografías empolvadas, y probablemente también lo hagan en las imágenes esas de los estertores de la muerte, creo que al menos podríamos saludarnos.

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Depresión post-Erasmus

Hace ya dos semanas que llegué a Madrid para quedarme, y lo más sorprendente es que, pasado este tiempo, puedo decir que he superado con éxito la depresión inducida por el precipitado final del Erasmus. Es verdad que cuando llegué, aún siendo la llegada dulcificada por el roadtrip de tres días y por la graduación presta a acontecer, sientía una gran desazón por haber puesto punto y final a algo muy cómodo, muy deseable, y muy bueno, y además haberlo hecho voluntariamente, y no haberme negado entre llantos a subir a ese coche que tantos kilómetros interponía entre mi presente y mi futuro. Da asco hacerse mayor, la verdad.

Mucho quedaba atrás. La vida cerca del mar. Una casa a voluntad refugio o escapatoria. Una ciudad que era un pueblo. Las no distancias, ni entre personas ni entre barrios. La agenda en la pestaña de “eventos”. Las noches que empiezan a las ocho. Las cenas de ensaladas sin nada como metáfora de la sencillez. El tan deseado y luchado Erasmus. FIN.

Y por desgracia, como todo final, dió paso a un nuevo estado mental, un tiempo hasta ahora desconocido con nuevos retos como una vez lo fue el Erasmus y nuevos miedos como una vez lo fue irse de casa. Como cualquier final, no impidió que la tristeza durara más de lo normal, y que el cerebro empezara a hacer su trabajo de evasión e inconsciencia.

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La depresión post-Erasmus es un poco como una depresión postparto. El Erasmus como un embarazo en el que, a pesar de la agonía padecida por momentos y el deseo de que pasara rápido el tiempo, al llegar el parto la madre se entristece porque que su bebe nazca supone que empieza a separarse de ella y a ser independiente.

Así es todo esto, un recuerdo que viví a flor de piel pero que hay que alejar una vez lo han sacado de tí, para no seguir anclado en un bienestar físico exagerado (provocado en cierta medida por la sobredosis de cerveza y queso) y en las conexiones simbióticas creadas entre tu y ese ente con vida propia llamado Erasmus. A semejanza de un niño recién nacido, hay que asumir el éxito de haber formado una cosa nueva dentro de tí que, 9 meses después, es capaz de olvidar la etapa uterina y no querer regresar a un idílico nirvana de inmersión amniótica (que sería nuestro mar nizardo, siempre templado y en calma). También están todas esas personas que pusieron su semilla en ese proceso, en mi caso sobre todo madres, que se deben al cuidado de sus imberbes deseos pero que siempre que quieran podrán asomarse a mi vida sabiendo que conmigo comparten uno ilegítimo e irreal (eso es el Erasmus para quienes no lo han vivido) que ha empezado a dar sus primeros pasos y que nos unirá de por vida.

En definitiva, un estado irrecuperable del que hay que distanciarse para poder recoger sus frutos, y para poder incubar otros proyectos que igualmente necesitan toda tu atención.  Sin poder evitar, claro, perderse de vez en cuando entre fotografías y provocarse un embarazo psicológico.

Sí, ya lo sé, el instinto maternal….

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Redes antisociales

No se si el problema está tanto en mi hipocondría hacia la tencnología absorbente o en que quienes increpan fervientemente mis quejas son realmente consicentes de encontrarse inmersos en la más autodestructiva droga del siglo XXI: la comunicación unilateral. Las redes sociales sirven para convencernos pidiendo la aprobación de los demás de lo buenos que somos. Cómo de sumida estoy yo en la vorágine del autobombo digital, no lo sé. Quizá lo bastante poco para advertir lo absurdo de una satisfacción fruto de una dimensión imaginaria de mí misma, y lo suficiente para haber preferido transcribir estos pensamientos en esa imaginaria dimensión antes que en un folio en blanco.

En mi opinión, nada destroza a uno mismo tanto como un ego sin límites que le haga creer que él es lo más importante en su vida. La vida solo cobra sentido cuando la libertad del otro no sólo no empieza donde la tuya acaba, sino que penetra sin piedad en la tuya y te hace ceder, doblegarte, renegar de tu ansiado libre albedrío para satisfacer el suyo. Eso es la vida adulta: vivir para el resto. Dejar de hacer lo que te apetece por matarte a trabajar por un hijo o por pasar la tarde consolando a un amigo. Antes este sacrificio era puro y desinteresado. Lo sentíamos y lo hacíamos.

Entonces llegaron las redes sociales o la manera de centralizar todos nuestros pensamientos y vivencias en una embellecida y pulida versión de nuestra persona (también conocido como “perfil”). Y empezamos a sacrificarnos por el resto superfluamente, como trámite para obtener una calurosa mención en Twitter, para revelar nuestra posición en Foursquare, para retrasmitirlo por Whatssap, para postear una foto en Instagram y en definitiva, para seguir fabricando el collage de nuestra personalidad virtual. Ya sólo nos importa mejorar en ese espejo pixelado que tenemos ante nosotros y al que nos asomamos durante horas. Fotografiamos, escribimos y enlazamos todo lo que, a nuestro juicio, complementa bien ese perfil que empezamos creando y que ahora nos crea a nosotros.

Empezamos a vivir para el resto para nosotros mismos. Una gran paradoja esta. De repente nos convertimos en un producto de nuestro propio narcisismo. Aparentemente no hemos cambiado nuestras costumbres. Bebemos de las mismas reuniones sociales y somos fieles a nuestros hobbies en la intimidad, pero ahora constatando de alguna binaria manera lo hecho. Ya sea una conversación con un amigo, una clase de baile, un partido de tenis, un párrafo de un libro leído, una anécdota en el trabajo… Nada tiene sentido si no es simultáneamente e inmediatamente archivado en Internet. Antes bastaba con hacerlo en nuestra memoria. Ahora necesitamos la aprobación del resto para demostrarnos a nosotros mismos que somos quienes creemos ser.

Y de esa cruda realidad nace mi miedo. De buscar la autorrealización personal en notificaciones parpadeantes sobre lo guapos, cariñosos y listos que somos.

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