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Depresión post-Erasmus

Hace ya dos semanas que llegué a Madrid para quedarme, y lo más sorprendente es que, pasado este tiempo, puedo decir que he superado con éxito la depresión inducida por el precipitado final del Erasmus. Es verdad que cuando llegué, aún siendo la llegada dulcificada por el roadtrip de tres días y por la graduación presta a acontecer, sientía una gran desazón por haber puesto punto y final a algo muy cómodo, muy deseable, y muy bueno, y además haberlo hecho voluntariamente, y no haberme negado entre llantos a subir a ese coche que tantos kilómetros interponía entre mi presente y mi futuro. Da asco hacerse mayor, la verdad.

Mucho quedaba atrás. La vida cerca del mar. Una casa a voluntad refugio o escapatoria. Una ciudad que era un pueblo. Las no distancias, ni entre personas ni entre barrios. La agenda en la pestaña de “eventos”. Las noches que empiezan a las ocho. Las cenas de ensaladas sin nada como metáfora de la sencillez. El tan deseado y luchado Erasmus. FIN.

Y por desgracia, como todo final, dió paso a un nuevo estado mental, un tiempo hasta ahora desconocido con nuevos retos como una vez lo fue el Erasmus y nuevos miedos como una vez lo fue irse de casa. Como cualquier final, no impidió que la tristeza durara más de lo normal, y que el cerebro empezara a hacer su trabajo de evasión e inconsciencia.

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La depresión post-Erasmus es un poco como una depresión postparto. El Erasmus como un embarazo en el que, a pesar de la agonía padecida por momentos y el deseo de que pasara rápido el tiempo, al llegar el parto la madre se entristece porque que su bebe nazca supone que empieza a separarse de ella y a ser independiente.

Así es todo esto, un recuerdo que viví a flor de piel pero que hay que alejar una vez lo han sacado de tí, para no seguir anclado en un bienestar físico exagerado (provocado en cierta medida por la sobredosis de cerveza y queso) y en las conexiones simbióticas creadas entre tu y ese ente con vida propia llamado Erasmus. A semejanza de un niño recién nacido, hay que asumir el éxito de haber formado una cosa nueva dentro de tí que, 9 meses después, es capaz de olvidar la etapa uterina y no querer regresar a un idílico nirvana de inmersión amniótica (que sería nuestro mar nizardo, siempre templado y en calma). También están todas esas personas que pusieron su semilla en ese proceso, en mi caso sobre todo madres, que se deben al cuidado de sus imberbes deseos pero que siempre que quieran podrán asomarse a mi vida sabiendo que conmigo comparten uno ilegítimo e irreal (eso es el Erasmus para quienes no lo han vivido) que ha empezado a dar sus primeros pasos y que nos unirá de por vida.

En definitiva, un estado irrecuperable del que hay que distanciarse para poder recoger sus frutos, y para poder incubar otros proyectos que igualmente necesitan toda tu atención.  Sin poder evitar, claro, perderse de vez en cuando entre fotografías y provocarse un embarazo psicológico.

Sí, ya lo sé, el instinto maternal….

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