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Sin putas no hay feminismo

Feministas del mundo, mujeres que escribís con x y @ por que la violencia de género en realidad surge del género de las palabras, que apoyáis la discriminación positiva por que de otra forma sería imposible optar a según qué puestos, y demás “miembras” de un colectivo sin voz que bien se hizo notar entre la homogeneidad del 15-M; ésta es mi conclusión de hoy.

A pesar de nuestras discrepancias, partimos de la misma idea de que el machismo es una lacra, que las mujeres no estamos genéticamente condicionadas para limpiar baños (la naturaleza nos habría provisto de brazos extensibles o algo), que sentirnos protegidas no supone acurrucarnos en los esculpidos brazos de un ejemplar que nos saque dos cabezas mínimo y que incluso llegamos a esgrimir argumentos coherentes en conversaciones sobre política que van más allá del estilismo de la Bruni.

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Mientras algunas de vosotras os presentáis como feministas (cualquiera que se presente como nosequeísta pierde mi respeto), alzáis la voz muy decididas en manifestaciones varias y perseguís ser símbolo etéreo de la lucha de sexos, yo sigo pragmática. La sociedad está ya de sobra concienciada del machismo y de la infravaloración que sufren algunas mujeres en el trabajo o en sus casas. No nos engañemos y ofendamos a nuestras abuelas; a pesar de la sensación de reivindicalismo extremo que nos invade en una manifestación, con todas las chapitas y las pancartas, y los lemas vitoreados al unísono, y el pueblo unido, y la causa común antipene blablabla, avanzar no significa recorrer la Gran Vía a paso de procesión, sino que requiere de actuación y determinación en el día a día.

En realidad, las manifestaciones pro-fémina y las procesiones tienen una cosa en común: la exaltación de la virgen.  Porque al final, seamos feministas en mayor o menor medida, y más o menos radicales, todas las mujeres cometemos el mismo error que nos hace retroceder en nuestros progresos y desandar esa Gran Vía metafórica. Nos hacemos un flaco favor cuando…

Nos llamamos putas las unas a las otras. 

PUTA.

Ese insulto que tanto hemos interiorizado y que hemos convertido en el segundo nombre de todas y cada una de las mujeres del planeta. Pero que, a pesar de haberlo convertido en apelativo cariñoso o en recurrente letra de canción de rock, sigue tan cargado de desprecio y superioridad moral como el primer día.

2577154005_1f42b069b8_bUn calificativo que deja entrever una mentalidad puramente machista. ¿Qué nos hace hablar de putas y no de putos cuando vemos a “libertinos” de ambos sexos en una esquina apartada? Pues la necesidad de juzgarla moralmente sólo a ella por ser una mujer sexualmente liberada.

Liberada de todos esos principios judeocristianos que insisten en subyugarnos al rol de fidelidad y decoro, que es lo que nos toca por genética, por cultura o por yo que sé qué ya. Esos que dicen que, hacerse valer es para una mujer no dejarse llevar por sus instintos básicos, que no sólo están reservados al hombre, sino que le dan un valor añadido de hombría y éxito. Para nosotras, sólo escarnio y bajeza. Todas las feministas y tías del montón deberíamos aplaudir a esas mujeres que consiguen reunir el valor para hacer lo que les viene en gana con absoluta libertad y no sucumben al libertinaje que nos convence de que, por poder, podemos liarnos con quien nos dé la gana, pero que asumamos el ser juzgadas después como mujeres inferiores por las demás mujeres, hombres, opusianos o dioses.

No dejar que nadie te juzgue. Eso es libertad. Eso es feminismo. Así que pensemos dos veces antes de llamar a alguien puta. Cada vez que lo decimos, Dios crea un forocochero.

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